lunes, 1 de octubre de 2007

En Busca de mi Tribu

A finales de este verano llegó a mis manos un libro de Isabel Allende, una de mis autoras favoritas. Era un regalo, por anticipado, de Ro por mi cumpleaños. Al principio no le vi ni chicha ni limoná, me pareció muy light para ser de ella. No trataba nada en particular, no había rastro de espíritus ni de ese toque de fantasía que caracteriza al realismo mágico, estilo en el que esta autora se encuadra. Sólo era una suma de impresiones, acontecimientos, que narraban la vida de su familia (historia autobiográfica donde las haya), "La Suma de los Días", rezaba muy acertadamente el título, contada desde la más absoluta sensillez. Pero era de fácil lectura, y yo no tenía nada mejor que llevarme a las manos, así que seguí leyendo.

Poco a poco, sus páginas me fueron seduciendo y fui cayendo presa de un hechizo del que ni yo misma era consciente. "Un libro muy flojo", le comentaba a mi pareja, pero de vez en cuando le contaba alguna anécdota que me había hecho gracia, le esbozaba la forma de vida que narraba.

Un libro muy flojo en el que me sumergía cada noche, antes de dormirme y que eché en falta el día que alargué la mano y no lo encontré en mi mesilla, justo encima de la lámpara cuadrada que me regaló mi hermana (la que hizo artesanalmente con su novio), donde invariablemente lo dejaba, en el que era el último acto consciente del día, mientras Morfeo asomaba a los pies de mi cama. Entonces me incorporé y me giré. Lo busqué también con la mirada, no sólo con la mano, que a fuerza de repetir se había aprendido el camino; escudriñé el cabeceró y retiré uno a uno los libros amontonados. La mayoría me los había leído ya -tengo que devolverlos a la biblioteca, me recordé- pero ese no estaba. Me levanté, sintiéndome inquieta, y en el silencio de la noche lo busqué también por el salón. Quizás lo había cogido sin darme cuenta y me lo había llevado allí. A veces me pasa, sobre todo mientras hablo por teléfono. Hago cosas que después olvido. Pero no había ni rastro de él. Llegué a la única conclusión lógica que me quedaba: mi madre se lo había llevado a su cuarto. Dudé unos instantes si entrar a rescatarlo, pero decidí que no iba a despertarla a esas horas de la madrugada -el turno de noche me volvió más nocturna de lo que ya era-. Así que volví a mi cuarto resignada y cogí uno de los pocos libros de mi cabecero que aún me quedaba por leer. No fui capaz de leer ni dos páginas. Estaba frustrada: yo quería mi libro! no quería empezar otra historia, quería seguir con esa.

Mi madre, cautivada desde el primer momento por Allende, consiguió birlármelo otro día más. A partir de la segunda noche de auténtico síndrome de abstinencia, mi madre tuvo la delicadeza de dejar su puerta abierta y el libro en la entrada de su dormitorio, bien visible y accesible para que yo lo recuperase en la madrugada sin dificultad y sin despertarla a ella.

Fue así como finalmente tuve que reconocer que el libro me había enganchado tremendamente, pero días antes ya le había comentado a mi pareja una reflexión que me surgió a partir de su lectura, y que intuyo será la responsable de que sus páginas pasen a la historia, a mi historia personal.

En el libro Isabel Allende se refiere a su familia y seres allegados como "su tribu". Y lo dice con conocimiento de causa. Además de ingeniárselas para cobijar a gran parte de su familia y seres queridos en un perímetro admirablemente pequeño alrededor de su casa (2 cuadras, 4 cuadras...), cada uno en casas independientes pero muy bien comunicadas, transmite un sentimiento de pertenencia exageradamente grande, incluso para nosotros, los andaluces, con ese arraigo a la familia que tenemos. Porque aquí lo que se estila es independizarte a la vuelta de la esquina de la casa de tu madre o tus padres. Pero todavía no hemos llegado al grado de modernidad o de fusión necesario para independizarte a la vuelta de la esquina de la casa de tu ex-suegra, como sucede continuamente en el libro. No sólo los hijos son atraidos hacia los alrededores del hogar materno, también nueras, ex-novios de hijas, etc. Con sus más y sus menos, cada microfamilia va conformando parte de esa gran familia-tribu, a la que también se le suman los amigos más cercanos, que comparten no sólo vecindad, sino también penas y alegrías. Cada acontecimiento en la vida de uno de sus miembros afecta a la práctica totalidad de la tribu, se vive, al menos por la autora, como algo de tod@s, en el que tod@s, algunas más que otros, participan.


El libro tiene la delicadeza de narrar de vez en cuando alguno de los inconvenientes más lógicos que esa estructura familiar puede tener. Demasiada intromisión en la vida de las parejas, problemas en la concepción de los límites, la intimidad. Pero en lineas generales la autora transmite ese sentimiento de tribu no sólo como algo positivo, sino como algo que va más allá. Es una forma de entender la vida donde la identidad personal, la diferenciación de uno mismo para con el resto de sus semejantes, la dualidad de la pareja, se pierden en una maraña de relaciones y afectos entre personas que continuamente se suman a la tribu y que rara vez la abandonan, salvo cuando es para convertirse en espíritus, en cuyo caso también permanencen presentes, de una u otra forma.
Este funcionamiento familiar conforma, aunque a gran escala, lo que en terapia familiar se denomina "fusión", es el contrapunto al ideal de persona sana y madura, "diferenciada" de su núcleo familiar originario. La terapia familiar, escuela psicológica a la que como profesional me adscribo, tal y como se entiende hoy en día, no entiende al individuo sin su familia, pero postula que la mayoría de los síntomas y disfunciones surgen, entre otras cosas, a raiz de un problema de diferenciación, por una fusión en algún nivel.
Imagínense mi contradicción entre los valores de independencia que siempre nos han fomentado en mi casa -en los que creemos y que ejercemos-, las ideas y práctica de la escuela familiar sistémica, en la que creo y me estoy formando -con el sudor de mi frente y el dolor de mi bolsillo-, y esta heterodoxa familia que de pronto se me antoja como un ideal a alcanzar. Y me acuerdo de mis primas, uno de mis referentes más cercanos, tan amorosas y tan unidas, ellas, con sus hijos, con sus parejas, con mi primo, mi tía...
Y veo a mis padres, ese ideal de pareja unida y fuerte, independiente del resto del mundo... y no tengo muy claro cuál es mi ideal de familia, pero sé que me gustaría, algún día, sentir que tengo un hogar tan cálido como el de mi tía, y un amor tan duradero como el de mis padres. Sentirme rodeada de gente que me importa, saber que están tan cerca de mi, no sólo metafóricamente, sino también físicamente, como los miembros de la tribu de Isabel Allende, que nos cuidamos unos a otros y que nos reimos mucho, juntos.
Comprendí que mi crisis de identidad de los 30 (anticipada, como todas mis crisis) se había acabado. Ya había comprendido qué es lo que quiero, qué necesito para ser feliz: mi propia tribu. Ahora sólo tengo que luchar por encontrarla y lo que es más difícil: mantenerla.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

mucha suerte en tu andadura...

LaEsperada dijo...

Gracias anónimo.

Anónimo dijo...

sara! has leído gabriel garcía márquez?el realismo mágico empieza con él y es maravilloso, te lo aconsejo!
mirta

LaEsperada dijo...

Claro, es uno de mis grandes maestros, un genio.
:)

Anónimo dijo...

sara, guapa, actualizaaaaa
hihi
marta

Anónimo dijo...

ACTUALIZA! ACTUALIZA! ACTUALIZA!

CJ dijo...

Canija, nuestra amistad comienza a peligrar, asi que actualiza!!

LaEsperada dijo...

Qué radical, no? Esta tarde lo actualizo, antes de irme a currar.
;)

CJ dijo...

Bueno radical pero efectivo,no? jeje...y tus pescaditos nuevos? ya te has cargado alguno? besos

LaEsperada dijo...

Yo no, se murió él solito. Creo que venía malo. Los otros 5 están bien... de momento...

Anónimo dijo...

coño! po no sabia q sabia muerto 1!! jeje...po si venia malo devuelvelo!! jeje...y tu actualizacion? luego soy yo la q se pierde...

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