sábado, 7 de agosto de 2010

Viajes en el Tiempo


La última vez fue hace un par de semanas. Los árboles estaban más altos, los niños ya habían entrado en el apasionante y arduo mundo de los adultos. Pero era la misma hierba, las mismas paredes y las mismas avispas revoloteando alrededor de la piscina. La misma piscina donde aprendí a nadar.

Tantos recuerdos embalados entre aquellas paredes, tantas historias contadas sobre aquella hierba, que es difícil volver allí sin hacer un viaje en el tiempo.

De repente, no tengo 31 años. Tengo 13 y estoy jugando a las cartas a la sombra de la mimosa. O tengo 9 y mi vecina y amiga me insinúa en su buhardilla que a lo mejor los Reyes Magos están más cerca de lo que parece. O tengo 15 y estoy compartiendo confidencias bajo la luna llena. Tengo 11 y estoy jugando al conejo de la suerte bajo la luz de la única farola del jardín. O tengo 10 y observo orgullosa cómo mi hermana tiene encandilada a media urbanización cantando el himno de Andalucía con sus dos añitos. O tengo 18 y estoy mirando las estrellas mientras saco al perro. Estoy en la fiesta de mi 28 cumpleaños y me están partiendo el corazón. Tengo 12 y mi vecina loca, con la radio a toda pastilla desde por la mañana hasta por la noche, hace que aborrezca la Cadena Dial. Tengo 14 y defiendo a mi abuela de una pelea con esa misma vecina. Tengo 8 años y no comprendo cómo un bebé que sólo sabe dormir y comer puede levantar tanta expectación entre los vecinos.
Tengo 16 y meto la pata entre dos barrotes de hierro de una alcantarilla. Me salvo de los puntos porque mi madre se apiada de mí pero aún hoy mi pierna sigue luciendo una pequeña cicatriz a la altura de la rodilla que se ha mantenido extraordinariamente sensible al dolor y al contacto pese al paso de los años. Tengo 17 y lloro la muerte de mi abuela en el descansillo de la escalera. Tengo 20 y estudio los exámenes de febrero mientras tomo el sol en el jardín. Tengo 21 y discuto con mi madre en la cocina. Entre los 22 y los 28 los años se desdibujan. Aquellas mismas paredes son testigos mudos de muchos momentos de amor y algunos de desamor. Me alegro con cada aprobado de la carrera, lloro cada decepción y celebro cada cumpleaños. Decoro los acuarios, cuelgo cada vez más cosas en las paredes de mi cuarto. Hago fiestas con relativa frecuencia y grabo cds para la ocasión que después casi siempre tengo que quitar antes de que se acaben.

Si me preguntan de dónde soy respondo que de Sevilla. Cuando hablo con alguien de Triana suelo comentar, con orgullo "yo también soy trianera". Siempre he renegado de Mairena porque cuando empezamos a vivir allí Mairena no era ni la sombra de lo que es ahora. Sin bares, cines ni centros comerciales, pasé mi adolescencia sufriendo unos autobuses infames con unos horarios más infames aún, sintiéndome incomunicada con Sevilla, que por aquel entonces era el centro de mi universo. Cuando cumplí la mayoría de edad y me saqué el carné, mis circunstancias no cambiaron sustancialmente. Sólo cambio mi odio a los autobuses, que se transformó en odio a los atascos. En aquella época solía decir "vivo en Sevilla pero duermo en Mairena", lo cual era básicamente cierto. Pero también es cierto que nos mudamos a aquella casa cuando yo era una niña y que me he criado correteando por aquel jardín y nadando en su piscina, porque en definitiva, entre aquellas paredes he vivido, renegando o no, la mayor parte de mi vida.

Este es mi pequeño homenaje a la Casa Antigua.

6 comentarios:

Malena dijo...

Recuerdos impermeables al paso del tiempo, descritos con maestría, pq he conseguido trasladarme a cada uno de ellos..

Gracias por compartirlos con nosotros/as, mi niña!

Un fuerte abrazo,

Male.

La_Esperada dijo...

Gracias a ti por tus palabras.

Besos y Abrazos!

Anónimo dijo...

Enhorabuena!Hay comision finalmente?Besos

La_Esperada dijo...

No hay comisión. Hay regalo :D

fiorella dijo...

Me encantó ese viaje hacia tus tiempos.Un beso

Jauroles dijo...

Me ha encantado acompañarte en este viaje a través del tiempo, verte crecer,...

Me gustó mucho este post.

Besos.

Amnistía Internacional